La chica del bar

Estábamos en el barra tomando unas cervezas, cuando una mujer con ojos verdes, tes blanca y de pelo rubio llegó donde estábamos.  Era la primera vez que la veía en ese bar, lo cual era un poco difícil porque era el bar más frecuentado del lugar y siempre se veían las mismas caras lo cual era la razón por la que muchos iban y también por la muchos no iban.

—Hola —dijo, mientras dejaba ver media sonrisa—, ¿ves aquella mesa de allá?
Volteé a ver y en la mesa que me señalaba estaban dos hombres y una mujer.
—Mi amiga quería saber si le podías mandar tu número de teléfono, ella es un poco tímida y me pidió que viniera. Tomé su celular y apunté mi número de teléfono. Ella regresó a su mesa.

Nos quedamos un rato más en el bar, luego nos fuimos para el casino por unos hot dogs y más cerveza. Cada quién se sentó en una máquina traga monedas. Yo tiraba de la palanca y veía las cerezas, las naranjas y las uvas aparecer y desaparecer una tras otra. Era una máquina que parecía estar programada para nunca premiar.

Jugando cerca de mí estaba lo que parecía ser un árabe, estaba un poco borracho y hablaba solo mientras tiraba de la palanca de su máquina.
Diego, uno de los amigos que me acompañaba, iba de una máquina a otra, buscando una que lo premiara al primer intento. Carlos sólo estaba ahí por los hot dogs gratis.
El árabe se ausentó de su maquina por varios minutos y Diego se sentó a jugar en ella.

Yo seguí jugando, halando la palanca, apenas percibiendo la mancha que dejaban las frutas cuando bajaban con velocidad. Escuché unos gritos en un inglés mal pronunciado: —This is my machine! My money! You playing my machine!
El árabe había regresado y encontró a Diego jugando en su máquina. Antes de que Diego pudiera decir algo el árabe continuó —This my machine! My money, You playing my machine! Mientras alternaba su dedo índice en dirección de la máquina y de la cara de Diego.

El encargado del casino se apresuró a la escena y preguntó que pasaba. Diego dijo —Este señor cree que yo estoy jugando con dinero que él había dejado en esta máquina.
Mientras tanto el árabe seguía repitiendo los mismos argumentos —This, my machine! My money!

Yo estaba casi seguro de que la culpa era de Diego, así solía ser siempre. Cuando Diego tenía una discusión con alguien por lo general él era el culpable.
Carlos intercedió tratando de tranquilizar al árabe con un inglés igual o peor. —Look man, the money don’t matter.
—Él se fue de la máquina —dijo Diego—, yo no estaba jugando con su plata. No sabía que él iba a regresar.
El árabe una vez más alegó: —This is my money, my machine.
Diego trató de resolver el problema sacando un billete de 5mil colones y con un gesto se lo ofreció al árabe que lo tomó, lo rompió a la mitad y lo tiró al suelo.
—Este es un tipo malcriado —dijo el administrador del casino—, no le demos más importancia al asunto. Y le pidió a Diego que lo acompañara para reponerle el billete.

El celular vibró en mi bolsillo, era un mensaje que decía: “Hola, yo soy la que te pidió el número en el bar para mi amiga. Tengo algo que confesar, el número no era para ella, era para mí. Espero que no te moleste.”
Yo le respondí que no me molestaba, que me parecía bien.
Ella respondió con otro mensaje que decía: “¿Querés venir a mi casa? Vivo sola”.

Les dije a Carlos y a Diego que tenía un asunto que atender y me fui a buscar un taxi.
Era al rededor de la una de la mañana. La dirección que ella me dio resultó ser en un barrio de mala fama y ahí estaba yo, afuera de su casa esperando a que me abriera la puerta antes de que me asaltaran.
La puerta se abrió, le planté un beso. Entramos a su apartamento que tenía la cantidad exacta de desorden para no parecer descuidado pero lo suficiente como delatar un poco su personalidad.        Era un apartamento pequeño que estaba plagado con su olor.
Sin ningún tipo de preámbulo nos metimos debajo de las sábanas. Al quitarle la ropa descubrí unas tetas enormes. Ella tenía una contextura algo grande para mí. Nos cogimos con fuerza, fue un buen polvo.

Cuando terminamos me preguntó si se ponía el calzón. Yo le respondí que sí. Luego no dijimos ni una palabra, solo disfrutamos del silencio en compañía.
Tomé mi teléfono y  llamé un taxi.

—Lléveme a la tercera calle del Prado —le dije al taxista—.
—Eso queda a un tan solo unos 3 kilómetros de aquí —me respondió mientras quitaba el pie del embrague y pisaba el acelerador.
  —Lo siento, pero no cuento con muchas opciones a esta hora. Es peligroso —respondí.
—No tiene idea de lo molesto que es hacer fila 40 minutos esperando una carrera para que salga una tan corta.
Ya le dije que lo siento, no tengo manera de saber cuánto tiempo tiene de esperar el taxi que me van a mandar —le respondí—.

De camino pensé en lo que acababa de pasar. Había sido una locura, su olor, su cuerpo, su inhibición y la seguridad con la que hizo que todo que pasara. Tenía carácter esa mujer. Desearía poder actuar con tanta seguridad.

—Hasta aquí llega el viaje muchachón —dijo el taxista mientras sostenía apuntando en dirección a mi cara un arma calibre 38—. Deje su celular y su billetera en el asiento y se baja del taxi o voy a tener que gastar una bala en su cara cabrón.

Desde esa noche no pude volver a saber de la misteriosa mujer de los ojos verdes. Lamenté más haber perdido su número que mi billetera y mi celular.
Me gustaría pensar que al día siguiente me escribió, que me quería volver a ver igual que yo la quería volver a ver a ella. Seguro piensa que no le respondí los mensajes porque la olvidé en el instante que crucé el marco de la puerta, pero la verdad es que han pasado 4 años y siempre recuerdo esa noche que a veces se siente como si no hubiese sido real.
Nunca me dijo su nombre; No recuerdo si le dije el mío.

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Carmelita

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–Me voy. Ya no lo amo –dijo ella.
–Yo mismo le abro la puerta –le dije.
–Usted es una porquería de hombre. Me voy con un hombre de verdad.
–Usted lo que necesita es un sordo que no pueda oír tantas estupideces.
–El es todo un caballero –dijo ella.
–Apuesto a que si –le dije– Todos lo son al principio, cuando quieren meterse entre sus piernas, cuando las conversaciones son interesantes; cualquier idiota puede arreglárselas para ser simpático por quince minutos.
–¡Imbécil! –me dijo, mientras me lanzaba una mirada llena de repudio.
–Nadie la va a amar más que yo. Se ve bien en ese vestido. Buena elección –le dije.
–Siempre que me lo pongo me dice lo mismo –dijo ella.
–¿Necesita que le llame un taxi?.
–No, el va a venir por mi.
–Si se arrima aquí le meto un pie por el culo –le dije.
Escuché el sonido de un motor afuera de la casa.
–Ahí esta, ya llegó. Me voy –dijo ella.
La acompañé a la puerta, intenté darle un beso y me golpeó en la cara.
Contemplé su espalda mientras se alejaba. Pensé: “Mierda, esta vez si se fue.”
Tomé el cartón de Don Simón que estaba sobre la mesa y solo salió un chorrete que cayó fuera del vaso.
Pasó una rata corriendo y se metió debajo de la refri. La rata ahora lleva aquí 2 años y se llama Carmelita.

Masturbo

Tenia nueve años y nunca había escuchado la palabra “masturbo”. La escuché por primera vez en la escuela cuando se volvió una especie de moda y todos mis compañeros la decían. No estoy seguro, pero creo que no era el único que ignoraba lo que significaba; al día de hoy aún pienso que todos la usábamos como una forma de ofensa amigable —o por lo menos ese era uno de sus tantos usos. Lo cierto es que sonaba gracioso.

Era cosa normal ir caminando hacia la soda de la escuela a comprar una coca-cola en bolsa y oír a alguien gritar: “Masturbo, vamos a jugar bola a la cancha” o tal vez, “Mae masturbo, jale a jugar mortal kombat cuando salimos de la escuela”.
En pocos días se había vuelto mi palabra preferida, la utilizábamos tantas veces como fuese posible.

La palabra se acoplaba a diferentes contextos; uno la podía encajar casi en en cualquier circunstancia si se le antojaba, eso resultaba mucho más fácil si no se tiene una idea de lo que significa. La palabra incluso es bastante estándar, para un niño inocente la palabra no suena como algo vulgar, al menos no como decir sobón o algo así. Era solo una palabra que sonaba bien, una palabra nueva, con estilo y no decirla podía ser considerado de mal gusto por mis compañeros.

Para ese entonces estoy seguro de que nunca me había masturbado. A esa edad no imaginaba que podía auto-proporcionarme placer moviendo la mano con rapidez durante el tiempo necesario empleando una técnica sencilla.
Eso no cambió sino hasta después de los doce aproximadamente, cuando un día decidí investigar de era eso de sobársela, no sabia que esperar, no tenia idea de que una sensación así existía y que la masturbación más adelante se convertiría en una de las más importantes actividades cotidianas, pero esa es una historia para otro día.

Una vez mi papá fue con mi tío Roberto a recogerme a la salida de la escuela. Caminé hacia el carro con orgullo, pensando en como iba a aprovechar la primera oportunidad que tuviera para hacer alarde de mi nueva palabra. Cuando subí al auto, pensando que a ellos les iba a parecer una palabra tan divertida como a mi, les dije a manera de saludo: “¿Qué masturbos?”
La cara de mi papá se deformó y con la frente arrugada y las cejas unidas me dijo: “¡No diga eso hijo! ¿De donde sacó esa palabra?”
“Es una palabra que nos decimos todos los compañeros de clase, creo que uno de ellos la inventó” —le dije. Volteé a ver a tío Roberto que permanecía en silencio, tratando de imaginar que estaba en otro lugar. Dobló su brazo izquierdo para simular como si estuviera viendo la hora.
“¿Usted sabe lo que significa esa palabra?”
“No, no lo sé” —dije, a la vez esperando una respuesta.
Mi papá con incertidumbre en su mirada, tomó impulso y dijo: “Dígale usted Roberto”.

Una historia de sexo, spray retardante y un pedo

Hacer caso a las ideas Tony nunca había terminado en algo bueno y yo nunca había sido bueno evitando las malas decisiones.
Tony no es del tipo de personas que te mete en una mala situación a propósito, se podría decir que casi siempre él tiene una buena intención detrás de sus ocurrencias; aunque en retrospectiva, eso nunca ha servido de nada.

Un día me pidió que probara un spray retardante que había comprado. “Solo tiene que echarse un poco” —me dijo. “Eso si, tiene que ser en el momento indicado.”
“Y cuál momento es ese?” —le pregunté.
“Cuando esté con la guila en el cuarto primero le quita toda la ropa” —me dijo, con cara de quien esta apunto de citar varios pasos a seguir. “Luego” —continuó, “empieza a excitarla, a provocarla. Usted sabe a lo que me refiero mae.”
“Por supuesto, sé como hacerlo” —le dije. “Pero yo no lo considero necesario Tony, yo creo que aguanto un buen tiempo, siempre me aseguro de que ellas lleguen primero”.
“Cállese idiota” —me dijo, “Usted no sabe de lo que estoy hablando, con esto la va a matar, hará que nunca lo olvide, hablará de usted, lo hará un leyenda entre sus amigas”.
“Una leyenda?” —Tony empezaba a persuadirme. “Bueno Tony, escucho, continúe.”
“Tiene que llevarla a ese punto de éxtasis en el que estará ansiosa por sentirlo dentro de ella.”
“Pero qué pasa si me lo pongo desde un principio” —le pregunté.
“No, eso no lo haga.” —Me advirtió. “Si se lo pone antes de penetrarla y usted no esta listo para la acción lo que podría pasar es que no se le pare.”
“Pero ¿qué putas? Eso es suena como un riesgo que no quisiera correr” —le dije.
“Lo que pasa es que eso reduce la sensibilidad y precisamente eso es lo que retrasa la eyaculación”—explicó.
“De manera que tengo que esperar hasta que ya sea el momento de la penetración y sacar el spray y rociarme el pito ahí ¿en frente de ella? No lo sé Tony, no estoy fascinado con la idea”.
“Es fácil, usted nada más le dice que tiene que ir un momento al baño y ahí va a tener el spray, se atomiza y listo, se va rápido para la cama a clavarla”. Y continuó, “otra cosa que tiene que saber es que es mejor que se ponga un condón porque así no habría posibilidades de que le reduzca la sensibilidad a ella también.”
“Me cago en mil putas, esto cada vez me parece peor”.
“Mae ya tranquilícese, si sigue bien mis indicaciones nada va a salir mal y luego me lo va a agradecer”.
“Lo odio hijo de perra”. Tomé el spray, lo eché en mi bolsa y me fui.

Al día siguiente llevé Stefy a mi casa, ya había ido un par de veces. Ella era delgada, tenia un trasero firme, unas tetas un poco más pequeñas que el tamaño promedio y una mirada brillante que proyectaba una gran sexualidad. Por otro lado, tengo que decir que tenía una risa espantosa, era aguda y extraña. Sentía que torturaba mis oídos cada vez que emitía ese sonido.

En fin, llegamos a mi casa, yo ya tenía el spray listo en el baño de mi cuarto. Entonces empecé a poner en marcha la misión.
Nos tiramos a la cama y empecé a besarla con fuerza, ella era muy caliente, no llevaba mucho trabajo excitarla. Le arranqué la ropa y empecé a agarrarle las tetas con fuerza, le pasaba la lengua desde el ombligo hasta el pezón y podía sentir su cuerpo temblando. Cuando llevé mi mano a su vagina me exigió sin pudor alguno: “quiero que me la meta ya”. Esa era la señal que esperaba para ir buscar el spray al baño. “Ya vengo” —le dije, “solo voy al baño rápido y vuelvo.”

Tenia una erección bastante firme, me rocíe una vez en la punta y otra en el cañón y lo esparcí un poco con la mano. Luego, tomé un condón y lo deslicé hasta la raíz. “Estoy listo para ser una leyenda” —pensé.

El baño de mi cuarto quedaba tan solo a unos 5 metros de mi cama, pero cuando iba por la mitad del trayecto sentí el frío del piso iniciando el recorrido desde la planta de mis pies por todo mi cuerpo y como mi pene iba perdiendo fuerza y se ponía flácido como una media guindando en un tendedero. Para el momento que llegué a la cama lo que quedaba del mástil erecto era tan solo un chiste, un pellejo colgante, era como la bella durmiente son lo que sin lo bello.

Stefy estaba revolcándose en la cama, deseando que la penetrara. Mientras tanto, yo tenía que tratar de disimular y retrasar un poco la situación. Empecé nuevamente a trabajarle las tetas, alternaba entre tetas y la vagina. En el clítoris le hacía un lengüeteo rápido, como un tornado. Nunca le había dado tanto sexo oral a alguien. Para no bajarle el calor a la acción turnaba algunas frases sucias como “Oh Stefy, sos tan caliente nena. Quiero hacértelo toda la noche”.

Ya la situación se estaba poniendo más y más difícil de disimular, ya habían pasado al menos unos 15 minutos y para ese momento estoy seguro de que ella se preguntaba porque la hacía esperar.
“Oh Stefy, quiero penetrarte con mi gran cañón” —Le dije mientras pensaba en si le decía la verdad. Tal vez ella lo vería como algo chistoso; tal vez no pensaría que esto era lo mas absurdo que alguien había hecho. No había manera de salir ileso de esto diciendo la verdad. Iba a ser lo contrario de una leyenda. No quería ser el chiste de la noche cuando la próxima vez que se reuniera con sus amigas se pusieran a compartir historias acerca de sus recientes encuentros sexuales.

Seguí trabajando en mantenerla excitada mientras que con una mano jugueteaba con mi pene para tratar de revivirlo.
Pasaron 35 minutos, que se sintieron igual de largos que una misa, cuando sentí que mi pene empezaba a reaccionar, sentí como poco a poco iba levantándose, era como un guerrero que empezaba a ponerse de pie titubeante dispuesto a sacar su daga y llegar a la ultima consecuencia de la batalla.
Mi confianza empezó a regresar a medida que mi pene se iba endureciendo como una roca.

Se la metí con fuerza, ella dejo salir un quejido de placer y empecé a hacer movimientos rápidos; adentro, afuera, adentro, afuera.
Este era el momento de reivindicarme por la incertidumbre que había hecho sufrir a Stefy.
Le empecé a dar de diferentes posiciones, sacando todo el repertorio. Stefy gritaba “Oh si, más duro, más…” y se movía desesperada sobre mi pene para aumentar el placer. Así continuamos por largo rato.

El spray surtió un gran efecto desensibilizador y yo estaba lejos de poder llegar a un orgasmo. Disfrutaba de mi buen desempeño que de seguro era suficiente como para reparar mi golpeado orgullo.

Había transcurrido aun más tiempo y Stefy ya parecía estar perdiendo el conocimiento, con un tirón rápido me deshice del condón y procedí con el cierre, movimientos más rápidos y con mayor intensidad. Stefy cayó muerta en la cama, inmóvil, lo único que se movían eran sus pies que estaban temblando.

Ella llamó taxi. Yo me tiré un pedo y me dormí.

Las pestes

Las pestes,
un guachimán de residencial
solo con su perro, la mala cerveza,
una mamá soltera con un brazo de madera,
un hombre resignado,
un niño de 5 años con un ipad,
un chofer de bus que da vuelto
con 14 monedas.

Nunca es tarde para aprender
a observar los detalles sutiles
ocultos en un pestañeo fugaz;
la realidad furtiva
que la mayoría no ve y otros que
deliberadamente aceptaron
vivir dentro de las premisas
de un mundo pequeño
con la mente atada a un poste.

El manifiesto de un loco.

No creo que a los locos haya que llamarles locos. Loco es solo una idea, una categorización genérica inventada para no tener que lidiar con el asunto más a fondo. ¿Quién tiene la autoridad y la sensatez para declarar que una persona está loca?

Cómo se nos ocurrió que entre tanto loco que existe alguien podría venir a decirnos quien esta loco y quien no, si todos padecemos de locura. Es solo que la mayoría la disimulan, entonces juzgamos a las personas de acuerdo a la superficialidad de su comportamiento. Desconfío más del que aparenta ser cuerdo porque no sé cuándo va a estallar en un arrebato de locura.
Cuando conozca algún psiquiatra mírele a los ojos, escúchelo cuando habla. Es un demente escondido detrás de una mascara, atrapado en si mismo gritando que quiere salir. Es tan irónico como la idea de confesarse con un cura que se excita con niños. Sé que suena brutal pero no lo estoy inventado yo.

Todos hablan solos, pitan apenas el semáforo da luz verde, ceden 8 horas diarias de vida; unos viven de predicar, otros del sexo. He visto dementes ir a acampar afuera de una tienda para comprar un teléfono el día del lanzamiento. Vamos y votamos por un loco que nos dirija y apueste nuestras esperanzas en un juego de azar en donde siempre vamos a perder. Estamos atrapados en el mismo ciclo; es como tener la misma jodida pesadilla cada noche.
He visto entrar al manicomio personas que no deberían haber entrado nunca. El mundo es un manicomio esférico gigante, pero tomamos unos cuantos y los aislamos en otros loqueros más pequeños.

Cobain y Hemingway me parecían bastante “cuerdos” y se volaron la tapa de los sesos, pero ellos sabían de lo que estoy hablando y se cansaron. Ahora una quinceañera con escaso conocimiento del mundo, de la desdicha y de la muerte se hace una cortada inocua en la muñeca y en cuanto sale del hospital va directo para donde un loco que firma un documento donde indica que la paciente debe de ser internada en el hospital psiquiátrico “El Paraíso”, “Viaje a las Nubes” o algún otro nombre ridículo porque así les ponen en algunos países, es un maldito chiste.
Van a tratar la demencia con electroshock y pastillas que más bien van a exacerbar la locura y así entonces asegurarán la permanencia de pacientes en los hospitales para mantener dinero ingresando.
Las cárceles y los manicomios son un gran negocio furtivo.

A mi no me declaran loco aún porque sigo aguantando, aun puedo hacer bien el papel de cuerdo aceptado por la sociedad; pero un día no me podré contener más y no esperaré a que vengan por mi. Voy a ir a una tienda de camisas y voy comprar una de fuerza, talla L de loco, me la voy a poner ahí mismo y voy a tomar el bus de Pavas, voy a ingresar por la puerta y le voy a decir al director maniático del hospital: “Estoy un poco más loco que usted y me vengo a entregar”. Una vez ingresado, voy a reclutar unos cuantos camaradas, vamos a prenderle fuego al lugar y a quemar vivo al director. Haremos una manifestación como las que hacen ahora los maestros y los porteadores, los gays y las prostitutas. Vamos a reclamar el mundo y los ángeles nos van a lengüetear nuestros anos.