Carmelita

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–Me voy. Ya no lo amo –dijo ella.
–Yo mismo le abro la puerta –le dije.
–Usted es una porquería de hombre. Me voy con un hombre de verdad.
–Usted lo que necesita es un sordo que no pueda oír tantas estupideces.
–El es todo un caballero –dijo ella.
–Apuesto a que si –le dije– Todos lo son al principio, cuando quieren meterse entre sus piernas, cuando las conversaciones son interesantes; cualquier idiota puede arreglárselas para ser simpático por quince minutos.
–¡Imbécil! –me dijo, mientras me lanzaba una mirada llena de repudio.
–Nadie la va a amar más que yo. Se ve bien en ese vestido. Buena elección –le dije.
–Siempre que me lo pongo me dice lo mismo –dijo ella.
–¿Necesita que le llame un taxi?.
–No, el va a venir por mi.
–Si se arrima aquí le meto un pie por el culo –le dije.
Escuché el sonido de un motor afuera de la casa.
–Ahí esta, ya llegó. Me voy –dijo ella.
La acompañé a la puerta, intenté darle un beso y me golpeó en la cara.
Contemplé su espalda mientras se alejaba. Pensé: “Mierda, esta vez si se fue.”
Tomé el cartón de Don Simón que estaba sobre la mesa y solo salió un chorrete que cayó fuera del vaso.
Pasó una rata corriendo y se metió debajo de la refri. La rata ahora lleva aquí 2 años y se llama Carmelita.

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Masturbo

Tenia nueve años y nunca había escuchado la palabra “masturbo”. La escuché por primera vez en la escuela cuando se volvió una especie de moda y todos mis compañeros la decían. No estoy seguro, pero creo que no era el único que ignoraba lo que significaba; al día de hoy aún pienso que todos la usábamos como una forma de ofensa amigable —o por lo menos ese era uno de sus tantos usos. Lo cierto es que sonaba gracioso.

Era cosa normal ir caminando hacia la soda de la escuela a comprar una coca-cola en bolsa y oír a alguien gritar: “Masturbo, vamos a jugar bola a la cancha” o tal vez, “Mae masturbo, jale a jugar mortal kombat cuando salimos de la escuela”.
En pocos días se había vuelto mi palabra preferida, la utilizábamos tantas veces como fuese posible.

La palabra se acoplaba a diferentes contextos; uno la podía encajar casi en en cualquier circunstancia si se le antojaba, eso resultaba mucho más fácil si no se tiene una idea de lo que significa. La palabra incluso es bastante estándar, para un niño inocente la palabra no suena como algo vulgar, al menos no como decir sobón o algo así. Era solo una palabra que sonaba bien, una palabra nueva, con estilo y no decirla podía ser considerado de mal gusto por mis compañeros.

Para ese entonces estoy seguro de que nunca me había masturbado. A esa edad no imaginaba que podía auto-proporcionarme placer moviendo la mano con rapidez durante el tiempo necesario empleando una técnica sencilla.
Eso no cambió sino hasta después de los doce aproximadamente, cuando un día decidí investigar de era eso de sobársela, no sabia que esperar, no tenia idea de que una sensación así existía y que la masturbación más adelante se convertiría en una de las más importantes actividades cotidianas, pero esa es una historia para otro día.

Una vez mi papá fue con mi tío Roberto a recogerme a la salida de la escuela. Caminé hacia el carro con orgullo, pensando en como iba a aprovechar la primera oportunidad que tuviera para hacer alarde de mi nueva palabra. Cuando subí al auto, pensando que a ellos les iba a parecer una palabra tan divertida como a mi, les dije a manera de saludo: “¿Qué masturbos?”
La cara de mi papá se deformó y con la frente arrugada y las cejas unidas me dijo: “¡No diga eso hijo! ¿De donde sacó esa palabra?”
“Es una palabra que nos decimos todos los compañeros de clase, creo que uno de ellos la inventó” —le dije. Volteé a ver a tío Roberto que permanecía en silencio, tratando de imaginar que estaba en otro lugar. Dobló su brazo izquierdo para simular como si estuviera viendo la hora.
“¿Usted sabe lo que significa esa palabra?”
“No, no lo sé” —dije, a la vez esperando una respuesta.
Mi papá con incertidumbre en su mirada, tomó impulso y dijo: “Dígale usted Roberto”.

Una historia de sexo, spray retardante y un pedo

Hacer caso a las ideas Tony nunca había terminado en algo bueno y yo nunca había sido bueno evitando las malas decisiones.
Tony no es del tipo de personas que te mete en una mala situación a propósito, se podría decir que casi siempre él tiene una buena intención detrás de sus ocurrencias; aunque en retrospectiva, eso nunca ha servido de nada.

Un día me pidió que probara un spray retardante que había comprado. “Solo tiene que echarse un poco” —me dijo. “Eso si, tiene que ser en el momento indicado.”
“Y cuál momento es ese?” —le pregunté.
“Cuando esté con la guila en el cuarto primero le quita toda la ropa” —me dijo, con cara de quien esta apunto de citar varios pasos a seguir. “Luego” —continuó, “empieza a excitarla, a provocarla. Usted sabe a lo que me refiero mae.”
“Por supuesto, sé como hacerlo” —le dije. “Pero yo no lo considero necesario Tony, yo creo que aguanto un buen tiempo, siempre me aseguro de que ellas lleguen primero”.
“Cállese idiota” —me dijo, “Usted no sabe de lo que estoy hablando, con esto la va a matar, hará que nunca lo olvide, hablará de usted, lo hará un leyenda entre sus amigas”.
“Una leyenda?” —Tony empezaba a persuadirme. “Bueno Tony, escucho, continúe.”
“Tiene que llevarla a ese punto de éxtasis en el que estará ansiosa por sentirlo dentro de ella.”
“Pero qué pasa si me lo pongo desde un principio” —le pregunté.
“No, eso no lo haga.” —Me advirtió. “Si se lo pone antes de penetrarla y usted no esta listo para la acción lo que podría pasar es que no se le pare.”
“Pero ¿qué putas? Eso es suena como un riesgo que no quisiera correr” —le dije.
“Lo que pasa es que eso reduce la sensibilidad y precisamente eso es lo que retrasa la eyaculación”—explicó.
“De manera que tengo que esperar hasta que ya sea el momento de la penetración y sacar el spray y rociarme el pito ahí ¿en frente de ella? No lo sé Tony, no estoy fascinado con la idea”.
“Es fácil, usted nada más le dice que tiene que ir un momento al baño y ahí va a tener el spray, se atomiza y listo, se va rápido para la cama a clavarla”. Y continuó, “otra cosa que tiene que saber es que es mejor que se ponga un condón porque así no habría posibilidades de que le reduzca la sensibilidad a ella también.”
“Me cago en mil putas, esto cada vez me parece peor”.
“Mae ya tranquilícese, si sigue bien mis indicaciones nada va a salir mal y luego me lo va a agradecer”.
“Lo odio hijo de perra”. Tomé el spray, lo eché en mi bolsa y me fui.

Al día siguiente llevé Stefy a mi casa, ya había ido un par de veces. Ella era delgada, tenia un trasero firme, unas tetas un poco más pequeñas que el tamaño promedio y una mirada brillante que proyectaba una gran sexualidad. Por otro lado, tengo que decir que tenía una risa espantosa, era aguda y extraña. Sentía que torturaba mis oídos cada vez que emitía ese sonido.

En fin, llegamos a mi casa, yo ya tenía el spray listo en el baño de mi cuarto. Entonces empecé a poner en marcha la misión.
Nos tiramos a la cama y empecé a besarla con fuerza, ella era muy caliente, no llevaba mucho trabajo excitarla. Le arranqué la ropa y empecé a agarrarle las tetas con fuerza, le pasaba la lengua desde el ombligo hasta el pezón y podía sentir su cuerpo temblando. Cuando llevé mi mano a su vagina me exigió sin pudor alguno: “quiero que me la meta ya”. Esa era la señal que esperaba para ir buscar el spray al baño. “Ya vengo” —le dije, “solo voy al baño rápido y vuelvo.”

Tenia una erección bastante firme, me rocíe una vez en la punta y otra en el cañón y lo esparcí un poco con la mano. Luego, tomé un condón y lo deslicé hasta la raíz. “Estoy listo para ser una leyenda” —pensé.

El baño de mi cuarto quedaba tan solo a unos 5 metros de mi cama, pero cuando iba por la mitad del trayecto sentí el frío del piso iniciando el recorrido desde la planta de mis pies por todo mi cuerpo y como mi pene iba perdiendo fuerza y se ponía flácido como una media guindando en un tendedero. Para el momento que llegué a la cama lo que quedaba del mástil erecto era tan solo un chiste, un pellejo colgante, era como la bella durmiente son lo que sin lo bello.

Stefy estaba revolcándose en la cama, deseando que la penetrara. Mientras tanto, yo tenía que tratar de disimular y retrasar un poco la situación. Empecé nuevamente a trabajarle las tetas, alternaba entre tetas y la vagina. En el clítoris le hacía un lengüeteo rápido, como un tornado. Nunca le había dado tanto sexo oral a alguien. Para no bajarle el calor a la acción turnaba algunas frases sucias como “Oh Stefy, sos tan caliente nena. Quiero hacértelo toda la noche”.

Ya la situación se estaba poniendo más y más difícil de disimular, ya habían pasado al menos unos 15 minutos y para ese momento estoy seguro de que ella se preguntaba porque la hacía esperar.
“Oh Stefy, quiero penetrarte con mi gran cañón” —Le dije mientras pensaba en si le decía la verdad. Tal vez ella lo vería como algo chistoso; tal vez no pensaría que esto era lo mas absurdo que alguien había hecho. No había manera de salir ileso de esto diciendo la verdad. Iba a ser lo contrario de una leyenda. No quería ser el chiste de la noche cuando la próxima vez que se reuniera con sus amigas se pusieran a compartir historias acerca de sus recientes encuentros sexuales.

Seguí trabajando en mantenerla excitada mientras que con una mano jugueteaba con mi pene para tratar de revivirlo.
Pasaron 35 minutos, que se sintieron igual de largos que una misa, cuando sentí que mi pene empezaba a reaccionar, sentí como poco a poco iba levantándose, era como un guerrero que empezaba a ponerse de pie titubeante dispuesto a sacar su daga y llegar a la ultima consecuencia de la batalla.
Mi confianza empezó a regresar a medida que mi pene se iba endureciendo como una roca.

Se la metí con fuerza, ella dejo salir un quejido de placer y empecé a hacer movimientos rápidos; adentro, afuera, adentro, afuera.
Este era el momento de reivindicarme por la incertidumbre que había hecho sufrir a Stefy.
Le empecé a dar de diferentes posiciones, sacando todo el repertorio. Stefy gritaba “Oh si, más duro, más…” y se movía desesperada sobre mi pene para aumentar el placer. Así continuamos por largo rato.

El spray surtió un gran efecto desensibilizador y yo estaba lejos de poder llegar a un orgasmo. Disfrutaba de mi buen desempeño que de seguro era suficiente como para reparar mi golpeado orgullo.

Había transcurrido aun más tiempo y Stefy ya parecía estar perdiendo el conocimiento, con un tirón rápido me deshice del condón y procedí con el cierre, movimientos más rápidos y con mayor intensidad. Stefy cayó muerta en la cama, inmóvil, lo único que se movían eran sus pies que estaban temblando.

Ella llamó taxi. Yo me tiré un pedo y me dormí.