UNA PAGINA EN BLANCO

Era hora de sentarme a escribir. Tomé un cuaderno, un lapicero y un cartón de vino. El gato estaba sentado en mi silla, lo espanté y se fue con estilo, sin concepto alguno del tiempo.

Contemplé la página por varios minutos, esperando a que una idea se manifestara. Siempre siento que tengo algo que decir o sino el tiempo va haber pasado en vano. Pero me encuentro en frente de esta hoja blanca que me asusta. En cuanto la tengo en frente me empiezo a sentir auto consciente y critico cada pensamiento y cada oración que me pasa por la mente.

Quiero que quede claro que el vino Don Simón sabe igual que un poste de metal derretido con algunas uvas rancias. Pero es lo mejor que dos mil colones pueden comprar. Ahora mejor tomo clos, eso probablemente no me convierte en un sommelier pero de todas maneras si echáramos clos en una una botella cubierta de hongos y la metiéramos en una cava que tenga la temperatura y otras condiciones ideales el sommelier diría que es un vino de 1954.

Habían pasado veinte minutos y aun no había ni una palabra en la hoja. Seguía blanca, limpia e infinita.

Sonó el teléfono, era el mecánico. —Don Jorge, ya le reparé la fuguita de aceite que tenía el carro, pero oiga, la bomba central de freno esta mala.
—No me diga— le dije.

—Sí, hay que cambiarla. Yo tengo una aquí nueva que le puedo vender a un buen precio.

Estos mecánicos son unos expertos encontrando fallas. Les llevás el carro por una fuga de aceite y terminan cambiando todo  el sistema de frenos.

Yo seguía sentado, inmóvil, sin palabras que formaran la oración perfecta. Cualquier otra cosa sería más productiva que estar contemplando una página en blanco por 20 minutos, pensé. Podría  optar por algo más sencillo, ver una película tal vez, perder 20 minutos en facebook, ver un partido de futbol o unirme a algún culto religioso. Pero eso no sería suficiente para alivianar esta absurda existencia. Cuando logro escribir una palabra tras otra, liberándolo todo se siente bien. Me hace sentir que el tiempo tuvo valor. Me siento en control.

La historia más trivial se puede convertir en una gran historia. Como hace dos días cuando me estaba cortando las uñas de los pies y mi perro se las comió. Puedo pensar en momentos desagradables y transformarlos en material; la conversación estúpida, la cotidianidad, la noticia que sigue siendo la misma. Es como vivir el día dos veces. Una vez en el momento y otra en retrospectiva. Es poder disfrutar la ausencia de los demás, de la gorda grosera que habla fuerte por teléfono mientras está en la fila del supermercado esperando para pagar por una coca-cola light, de los que solo leen un libro en el que fue basada alguna película popular, de los políticamente correctos y de los que creen que ser vegetariano es usar un hashtag. Los espiritualistas de hoy en día lo único que hacen es publicar estados motivacionales que en el fondo son dirigidos a ellos mismos, como una mecánica inconsciente de auto programación neurolinguística.

Regresé al momento en el que estaba esperando la metralladora de palabras, me percaté de que ya todo estaba bien, la página era como un hormiguero del que salían palabras moviéndose en todas direcciones.

Si la auto consciencia regresa basta con leer lo que escriben los demás para hacerme sentir que soy más bien un maldito cuerdo aburrido. A veces parece como que todos los demás están en LSD mientras yo solo estoy en mi escritorio con un vino barato viendo como el tiempo pasa.

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