Maldito Bar

  

   Era una tarde aburrida, tal vez era martes o miércoles. De todos modos qué diferencia hay cuando uno es el bartender de la única cantina del pueblo. Estaba tomando una cerveza y ya la discografía de tigres del norte estaba sonando por tercera vez en el día. Odio a los de tigres del norte, los odio de pies a cabeza. También a Pablo Aguilar, a Antonio Aguilar, a todos los Temerarios y al Buki. No necesariamente en ese orden. Sólo digamos que a todos por igual. Si quieren saber un hecho curioso, puedo cantar sus canciones de derecha a izquierda. Era la única mierda que quería escuchar el potencial demográfico que frecuentaba el establecimiento.

   Esta cantina de mala muerte se ubicaba en un pueblo pequeño pequeño, unos 150 habitantes. En el centro del pueblo, además de la cantina, solo habían una pulpería y una escuela. No había iglesia, supongo que la gente en ese lugar no era tan devota, aunque de seguro no eran ateos ni agnósticos. Probablemente ni siquiera sabían el significado de la palabra agnóstico.

   Tampoco había policía, la más cercana quedaba en el siguiente pueblo a unos 27 km. El problema con esto era que debía tener un ojo fino para anticipar algún bochinche, porque la policía tardaba al menos veinticinco minutos en llegar. De lo contrario tenía que encargarme de los problemas yo y para esto solo contaba con una verga de toro. Dicen que las vergas de toro literalmente son echas de los genitales de un toro, pero eso no me consta. Lo único que me consta es que pueden ocasionar cicatrices en la espalda de un borracho pleitero.

   En retrospectiva, no se porque estaba ahí, podía haber estado en cualquier otro lado, haciendo cualquier otra cosa. Supongo que fue una de esas cosas de la vida que pasan porque sí. De todas maneras si no hubiera sido eso habría sido cualquier otro escenario igual de desalentador como vendedor de tienda, agente de call center o monaguillo ultrajado sexualmente —que en base a evidencia acumulada a travez de varios años se podría decir nada más monaguillo para no sonar redundante—.

    Don Marcos entró al bar con su 1,80m, su camisa de cuadros y su sombrero. —Manuel, sírvame una imperial por favor —me dijo—. Sacó un cigarrillo y lo encendió. Le puse en la barra la botella de cerveza y un cenicero. Le pregunté si quería hielo.

—¿Esta bien fría? Si está bien fría no es necesario —me dijo—.

La cerveza estaba bien fría. Don Marcos chupó el primer trago de la botella y dijo —Manuel, creo que sí voy a necesitar un vaso con hielo, no esta lo suficientemente fría.

Un problema que había que don Marcos era que siempre pedía un vaso con hielo aunque la cerveza estuviera bien fría.

—Manuel, ponga el 7 para ver el partido. El otro problema con Don Marcos era que siempre me andaba diciendo que canal poner.

En la esquina de la barra estaba “mano en boca”. Mano en boca era un paisa de pequeña estatura al que le faltaban los dientes del frente y él —al parecer— estaba muy consiente de esto, así que siempre costaba un poco entenderle lo que decía, porque de una manera según él disimulada, se tapaba la boca con la mano cuando hablaba.

Era fácil llevar las cuentas anotando como identificador alguna característica particular, como por ejemplo: camiseta roja, sombrero negro, cola de caballo… Pero después, para hacerlo un poco más entretenido empecé a utilizar indicadores más controversiales que podían incluir defectos físicos. El punto es que así fue como mano en boca paso a llamarse así. Lo mismo pasó con “weird-finger” y “jupa de rodilla”.

—Manuel —dijo mano en boca—, ponete “El Buki”. Resignado me dirigí hacia el equipo de sonido a conceder la solicitud.

—No Manuel, ya el buki me tiene hasta la mierda, mejor ponga los tigres del norte —dijo el loco Ugalde—. Supongo que le decían así porque ese era su apellido.

   Tomé un cigarrillo, lo apreté entre mis labios y lo encendí como si de eso dependiera mi vida. En ese momento pensé en encenderme el cuerpo entero, o mejor aún; quemar el bar con todos estos personajes dentro y liberar sus almas infelices de sus miserables vidas sin sentido.

Advertí al loco Ugalde intercambiando miradas amenazadoras con un cortador de caña que estaba al otro lado de la barra. El cortador de caña dejó salir un grito al estilo ranchero. El loco Ugalde hizo lo suyo también con un grito ranchero en represalia. Este era el preámbulo habitual que precedía un intercambio de puñetazos.

Mano en boca me pidió la cuenta y resultó estar en desacuerdo con lo que le estaba cobrando.

—Tráigame el papel donde tiene anotada mi cuenta para revisar esa verga —me dijo con la mano metida en la boca—.

Sin pensarlo, tomé la comanda y se la mostré para debatir el asunto del total de la cuenta. Lo primero que notó mano en boca en las anotaciones fue su apodo. Me miró directo a los ojos y mostrando los espacios despoblados de sus encías me dijo —Salite de la barra hijo de la gran puta, voy a pegarte una turqueada jodido para enseñarte a respetar.

Don Marcos se levantó y se fue hacia la salida sin que la ceniza de su cigarro se desmoronara.

El loco Ugalde y el cortador de caña se volvieron a retar con la mirada. Tomé mi teléfono y marqué el número de la policía.

—Guardia rural, como le puedo ayudar?

—Los llamo del bar “El barco del amor” necesito una patrulla aquí lo antes posible.

—Ya estoy despachando la unidad, espere…

—Si si yo sé, veinticinco minutos.

Tomé la verga de toro y me salí de la barra. Los tigres del norte estaban cantando un buen corrido para la ocasión.

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