UNA HISTORIA ABSURDA

Carlos tenía en su bolsillo sólo un poco más de dos mi colones hasta el siguiente día de pago y tenía una importante decisión que tomar; comprar huevos o un vino.

Cuando llegó a la casa con el vino se sirvió un vaso lleno. “A la salud de la escasez, de la necesidad, de la soledad” —dijo burlándose de si mismo mientras sostenía la copa en alto y luego se la llevaba a la boca y sentía como el vino hacía el recorrido hasta su estomago.

Abrió la refri, la inspeccionó con la mirada por unos cuantos segundos y la cerró. Se tomó otro trago de vino.

Algunas veces encontrarse solo tiene sentido, pensó.

Encendió el televisor y los comentaristas deportivos estaban debatiendo acerca de estadísticas  extravagantes: “Este el jugador con más tiros de esquina en partidos de visita que se hayan jugado un miércoles por la noche”.
Se preguntó como podían hablar tantas horas y con tanto entusiasmo de estadísticas inútiles. Apagó el televisor y llenó el vaso de nuevo.

Tomó el periódico y leyó un titular que decía: “Hombre muere tras ser aplastado por un árbol”. Se le acabó el baile a este tipo —pensó—, tal vez tenía un perro, tal vez tenía un préstamo con el banco y planes para el fin de semana.
El problema es nuestra arrogancia, creemos que el mundo fue hecho para nosotros. Hasta que nos cae un árbol encima y se acaba la ilusión.
Cuando ya estamos muertos dejamos de pensar, no podemos darnos cuenta si todo lo que creíamos era verdad.
La personas no entienden que el futuro es igual que el ahora solo que un poco más adelante y por eso dicen que van a hacer cosas con anticipación.

Su gato pasó rosándole los pies, levantando la cola y enseñado el ano.

Carlos se fue al baño a rasurarse la barba de dos semanas mientras pensaba: Incluso esas personas, que van a bares clasistas donde hay que ir vestido con traje sólo para exhibirse ante los demás y alimentar el ego mientras se obtiene esa felicidad desechable que proporciona la apariencia y la cerveza sobrevaluada, cagan —sacudió la prestobarba en el lavabamanos y tomó una toalla para secarse la cara—. Que demonios, si todos tenemos culo. El director de Titanic tiene culo, Kate Winslet tiene culo, Leonardo Di Caprio tiene culo. Celine Dion tiene culo. Durante la filmación de la película imagino que entre tantos culos tuvieron que parar varias veces para que alguien cagara. Es más cierto que divertido.

Carlos se sirvió el último vaso de vino y recordó cuando era pequeño y su mamá le enseñó que tenía que rezar antes de dormir.

Lo siento dios, —pensó— he leído Richard Dawkins y Frederich Nietzsche. En sus obras encontré  una realidad más plausible, más elegante que unas huellas en la arena. Por favor dios, ¿Acaso crees que soy un idiota? ¿Por qué cuando había un solo par de huellas no eran más profundas si llevabas mi peso en tus brazos? Además ¿qué hacía dios en una playa con todo este caos de todos modos?

Carlos dejó su cuerpo tambaleante y su cara pálida caer en la cama y se rajó un pedo. El gato trajo a la cama un grillo muerto.

Él se imagino un titular que decía: “Pseudo escritor muere tras ingerir licor y ahogarse con su propio vómito mientras dormía”. Entonces tomó una almohada y se la puso detrás de la espalda.

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