Viejo conocido

    Ninguna historia debería empezar con un hombre solo en una habitación a menos de que este se vaya convertir en un insecto gigante. Pero esta empezó así el día en que antes de salir hacia el trabajo Oscar tomó el bong con una mano y el encendedor con la otra. Haló profundo hasta llenar sus pulmones con humo, aguantó la respiración y luego de varios segundos exhaló. Tomó Preguntale al Polvo de John Fante y se fue a esperar el bus.

    Cuando iba llegado a la parada advirtió al otro lado de la calle a Michael Nuñez, un ex compañero del colegio que tenía al menos 5 años de no ver.

    En un impulso inconsciente pensó en devolverse y esperar al siguiente bus pero llegaría tarde al trabajo.

    “Tendré que entablar una conversación incómoda de la que no quiero ser parte” —pensó. “Me acabo de levantar y aún no tomo café. No tenía planeado tener que participar en parloteos fútiles.”

    Mientras Oscar cruzaba la calle, Michael, quien se veía prácticamente igual que hace cuatro años, se veía algo confuso, parecía estar descifrando una cara familiar. Los años habían hecho a Oscar un poco difícil de reconocer a primera mano.

    —Michael, Michael Nuñez ¿verdad? —dijo Oscar, para confirmarle a Michael que sí se trataba de alguien conocido.

    —Así es, usted es Oscar, del colegio ¿cierto? —dijo extendiéndole la mano para saludarlo—.

  Hubo un silencio incomodo por unos segundos.

    —¿Y dónde trabaja? —preguntó Oscar suponiendo que debía seguir con las convenciones de conversación trivial.

    Michael respondió pero Oscar no estaba escuchando, estaba distraído viendo el bus que se aproximaba.

    Oscar pensó que su mejor oportunidad de salirse de la conversación con naturalidad era si los asientos disponibles estaban separados. Oscar solo quería leer su libro y no tener que perder el tiempo respondiendo y preguntando y tratando de parecer interesado en la conversación.

    Subieron al bus, Oscar le pagó al chofer con un billete de 5 mil colones y el chofer le hizo una cara como si en ese mismo instante se hubiese enterado de que Oscar había pasado una noche apasionada con su madre.

    Avanzaron hacia el fondo por el pasillo del bus, entre la gente que iba hacia el trabajo y que desde la mañana ya iban con sus caras de cansancio, hartos de su rutina, del mismo bus, de los mismos pasajeros, del mismo camino.

    Quedaban solo dos asientos disponibles. Oscar tomó el asiento de la ventana y Michael el del pasillo.

    —Que montón de tiempo ha pasado ¿verdad? —dijo Michael.

    —Sí, muchísimo. Oscar pensó en abrir el libro y leer, así tal vez Michael interpretaría que no había necesidad de continuar con la conversación. Se dispuso a abrir el libro…

    —¿Y que ha hecho a parte del trabajo?

    —Estoy escribiendo un libro —respondió Oscar—. Trata acerca desafiar las preconcepciones de la sociedad. Mi objetivo es que las personas se cuestionen porque hacen lo que hacen; por qué creen lo que creen. La mayoría de lo que creemos saber es solo información impuesta arbitrariamente en nuestro inconsciente.

    —Ese tipo de imposiciones de las que hablas, aseguran que podamos tener una sociedad funcional, trabajos, organizaciones, educación —dijo Michael mientras cruzaba los brazos y proyectaba una mirada que hacía pensar que estaba muy convencido de la solidez de su argumento—.

    —Esta bien, pero mi punto es que lo averigüe cada individuo por su cuenta —dijo Oscar—. Un ejemplo es que nosotros fuimos criados como católicos porque esa era la religión de nuestros padres, quienes fueron criados por sus padres católicos. Desde niños fuimos indoctrinados. Nunca tuvimos la oportunidad de elegir. Si hubiésemos nacido en el medio oriente probablemente creeríamos en Allah o si hubiésemos nacido en el Europa nórdico en el tiempo de los vikingos hubiésemos creído en Thor o en Zeus.

    —Su libro va a ser impopular —dijo Michael mientras tiraba del timbre—. Esta es mi parada.
    —Impopular no me parece mal —reflexionó Oscar—.

    El chofer paró el bus y abrió la puerta trasera para que Michael bajara.
Oscar tomó el libro, buscó la página en la que estaba el marcador y continuó por donde había quedado la última vez:

“Yo tenía 20 años en ese entonces. Que demonios, solía decir, tomate tu tiempo,       Bandini. Tienes 10 años para escribir un libro, así que relájate, ve y aprende de la vida, camina las calles. Ese es tu problema: tu ignorancia de la vida.”

    Llegó a la parada final del primer bus, Oscar bajó y caminó hasta el final del bulevar de la avenida central, bajó unas cuantas cuadras más hasta llegar a la parada del bus que lo llevaría al trabajo.

    Cuando el bus paró por tercera vez para subir más pasajeros, Oscar sintió un palmeteo en el hombro y una voz que sonaba familiar le dijo: —Que tal Oscar, hace un par de años no nos vemos. ¿Qué hay nuevo?

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s