Complejidad irrelevante

Era una tarde cualquiera de un día tan bueno como cualquier otro. Estaba leyendo en el balcón con un vaso de vino puesto en el borde. Alcé la mirada por encima del libro mientras lo sostenía con el dedo pulgar en medio y miré una mosca caer dentro del vaso.

Era una mosca torpe, tenía unos ojos que parecían unos lentes de oficial de tránsito, revoleteaba intentando salir del vaso. Lo único que logró fue aterrizar de espalda en el vino.
Sentí mucho odio hacia la mosca, había arruinado un perfecto vaso de vino; acides medium plus, viscosidad medium plus, seco, con un sutil sabor a manzana verde podrida, lirio podrido, piedra caliza caliente, carbón y una ligera presencia de roble.

Volviendo a la cuestión de la mosca, consiente de que no iba a lograr escapar un final trágico contemplé como luchaba por salir, esperaba atento a que diera su último respiro y muriera antes de servir más vino.
Había pasado tan solo un minuto que me hizo pensar por qué si el tiempo siempre pasa igual a veces un minuto se siente tan eterno.

Continué viendo la mosca desperdiciar sus últimos momentos de vida intentando salir, resistiéndose a la muerte, entre más lo intentaba más energía gastaba. Parecía inconsciente de que no tenía oportunidad de salir por si sola. Mientras la contemplaba ahogándose pensé que todos estamos juntos en esto, atrapados en la misma mierda.           Andando de un lugar al otro. Que complejidad tan irrelevante. Nunca nos preguntaron si queríamos estar aquí, no tuvimos voz ni voto en el proceso de decisión como si fuéramos parte de un experimento.

Recordé momentos en mi vida en los que me sentí como esa mosca, atrapado, tratando infructuosamente de tener la mente en blanco por un día, esperando compasión, salvación o una oportunidad de redención en esta alcantarilla flotante en la que la existencia una vez incluso se sintió como si el mismo Jesús H. Cristo en persona me ordenara: “póngase los tobillos detrás de las orejas”, y sin vaselina, sin si quiera un escupitajo, nada, ni un aviso para poder respirar profundo, tomó mi ano virgen por el tiempo que quizo para luego sacarla, llegar al climax sobre mis tetas y finalmente dejarme moribundo sobre una cama de clavos herrumbrados.

Quisiera cambiar de lugar con la mosca, pensé, ponerle fin a esta vida absurda. De todas maneras ya lo dijo Chuck Palahniuk: “En un tiempo suficiente, el índice de supervivencia para todos se reduce a cero.”
Que hermosa manera de morir, ahogado en un vaso de cabernet sauvignon. No tener que volver a participar en una conversación sin sentido, no tener que preocuparme si es martes o jueves el día que pasa el camión de la basura, participar en la rutina, todos yendo a sus trabajos, repitiendo lo mismo todos los días, dóciles, como en un rebaño.

Tomé el vaso y con cuidado lo vacié, la mosca pudo ponerse sobre sus patas y con su rostro como un dibujo confuso se fue volando en la primera dirección, de verdad no creo que haya elegido esa dirección por ninguna razón, que tiene una mosca que tomar en cuenta para decidir un rumbo? Supongo que solo estaba feliz de agregarle un momento más a su vida efímera. No creo que tuviera ningún lugar en el que estar a ninguna hora. La verdad es que no tengo la mínima idea de la consmovisión y metafísica de una mosca.

Serví más vino en el vaso, cabernet sauvignon. No todo era tan malo después de todo, solo que algunas cosas son más bien como un tipo de muerte.

UNA PAGINA EN BLANCO

Era hora de sentarme a escribir. Tomé un cuaderno, un lapicero y un cartón de vino. El gato estaba sentado en mi silla, lo espanté y se fue con estilo, sin concepto alguno del tiempo.

Contemplé la página por varios minutos, esperando a que una idea se manifestara. Siempre siento que tengo algo que decir o sino el tiempo va haber pasado en vano. Pero me encuentro en frente de esta hoja blanca que me asusta. En cuanto la tengo en frente me empiezo a sentir auto consciente y critico cada pensamiento y cada oración que me pasa por la mente.

Quiero que quede claro que el vino Don Simón sabe igual que un poste de metal derretido con algunas uvas rancias. Pero es lo mejor que dos mil colones pueden comprar. Ahora mejor tomo clos, eso probablemente no me convierte en un sommelier pero de todas maneras si echáramos clos en una una botella cubierta de hongos y la metiéramos en una cava que tenga la temperatura y otras condiciones ideales el sommelier diría que es un vino de 1954.

Habían pasado veinte minutos y aun no había ni una palabra en la hoja. Seguía blanca, limpia e infinita.

Sonó el teléfono, era el mecánico. —Don Jorge, ya le reparé la fuguita de aceite que tenía el carro, pero oiga, la bomba central de freno esta mala.
—No me diga— le dije.

—Sí, hay que cambiarla. Yo tengo una aquí nueva que le puedo vender a un buen precio.

Estos mecánicos son unos expertos encontrando fallas. Les llevás el carro por una fuga de aceite y terminan cambiando todo  el sistema de frenos.

Yo seguía sentado, inmóvil, sin palabras que formaran la oración perfecta. Cualquier otra cosa sería más productiva que estar contemplando una página en blanco por 20 minutos, pensé. Podría  optar por algo más sencillo, ver una película tal vez, perder 20 minutos en facebook, ver un partido de futbol o unirme a algún culto religioso. Pero eso no sería suficiente para alivianar esta absurda existencia. Cuando logro escribir una palabra tras otra, liberándolo todo se siente bien. Me hace sentir que el tiempo tuvo valor. Me siento en control.

La historia más trivial se puede convertir en una gran historia. Como hace dos días cuando me estaba cortando las uñas de los pies y mi perro se las comió. Puedo pensar en momentos desagradables y transformarlos en material; la conversación estúpida, la cotidianidad, la noticia que sigue siendo la misma. Es como vivir el día dos veces. Una vez en el momento y otra en retrospectiva. Es poder disfrutar la ausencia de los demás, de la gorda grosera que habla fuerte por teléfono mientras está en la fila del supermercado esperando para pagar por una coca-cola light, de los que solo leen un libro en el que fue basada alguna película popular, de los políticamente correctos y de los que creen que ser vegetariano es usar un hashtag. Los espiritualistas de hoy en día lo único que hacen es publicar estados motivacionales que en el fondo son dirigidos a ellos mismos, como una mecánica inconsciente de auto programación neurolinguística.

Regresé al momento en el que estaba esperando la metralladora de palabras, me percaté de que ya todo estaba bien, la página era como un hormiguero del que salían palabras moviéndose en todas direcciones.

Si la auto consciencia regresa basta con leer lo que escriben los demás para hacerme sentir que soy más bien un maldito cuerdo aburrido. A veces parece como que todos los demás están en LSD mientras yo solo estoy en mi escritorio con un vino barato viendo como el tiempo pasa.

OTRO COME MANZANAS

Roberto entró al salón de clase. Se le había hecho algo tarde así que se apresuró a escribir el tema del día en el pizarrón: “¡Somos libres!, o ¿Somos libres?”.

Se volvió de frente a la clase y preguntó —¿Qué es libertad?

   Uno de los alumnos levantó la mano y dijo: —Es poder elegir lo que queremos, es vivir en democracia, es libre albedrío.

  Roberto hizo una pausa con las cejas casi unidas. —¿Libre albedrío? ¿Usted de veras cree que puede elegir siempre lo que puede hacer?

  —Si —respondió el alumno—, yo puedo elegir lo que quiero hacer, por quien votar, tengo la libertad de expresar mis pensamientos.

  Roberto sonrió con la mitad de la boca. —Eso solo es ideología en su máxima expresión. El libre albedrío es imposible por definición. Usted no puede elegir lo que de verdad quiere, sus elecciones están limitadas por las circunstancias, sus libertades son restringidas dentro de un marco social, donde le hacen sentirse agradecido por solo una pequeña porción de sus posibilidades. —Roberto decía esto mientras caminaba frente a su escritorio con las manos juntas detrás de la espalda—. El acto de votar por lo que usted llama “quien usted quiera” es solo para hacerle creer que usted esta en control. Usted no tiene total libertad ni si quiera a la hora de comunicarse, ya que esta limitado por la capacidad de poder expresar representaciones mentales abstractas a travez del lenguaje.

   El estudiantes permaneció en silencio por unos segundos y reaccionó: —Yo puedo elegir en este momento expresar que usted es un egocéntrico que piensa que siempre tiene la razón. Es el peor profesor del campus. Usted presume saberlo todo. Todos los odian. Y todos saben de la botella de whisky que mantiene escondida en su escritorio.

El resto de la clase se echó a reír. Roberto esperó a que las risas mermaran. El mismo dejó escapar una sonrisa, no porque lo hubiera encontrado gracioso sino en reconocimiento al atrevimiento, reposó el mayor porcentaje de su cuerpo sobre su pie derecho y dijo: —Si me odian probablemente es porque no pueden lidiar con que les digan algo distinto a lo que han acostumbrado a creer siempre. Les hace sentirse expuestos; que su vida a tenido el mismo rumbo predefinido que los demás. Van a la escuela, al colegio, luego vienen a la universidad donde les hacen creer que tienen un criterio propio pero solo son parte del juego. Luego viene la etapa de convertirse en un ciudadano productivo, conseguir un trabajo, levantarse en la mañana somnoliento, casi por inercia ponerse la ropa, ir a esperar el bus o subirse al auto, pasar al rededor de una hora metido en una presa para llegar al trabajo desestimulante y aburrido. Cuando regresa a la casa ya han pasado 12 horas del día pero tiene que llegar a prepararse algo de comer, encender el televisor, ver una serie donde salen dragones, dormir, repetir.  Luego se casan, tienen hijos, les heredan alguna religión y una visión subjetiva acerca de diferentes conflictos sociales. —Roberto cambió el peso de su cuerpo al pie izquierdo, cruzo los brazos y concluyó— “Esta todo en frente ustedes. ¿Qué van a hacer al respecto?”

—Basura filosófica. Así es como debería de llamarse su clase —dijo el alumno—. Usted lo quisiera que todos fuéramos unos alcohólicos don nadie que se auto aborrecen, igual que usted. Eso lo haría sentirse mejor consigo mismo.

   La clase quedó en total silencio. Roberto se tomó unos segundos y dijo: —En las palabras de J.D Sallinger, usted es tan solo otro come manzanas más.

   El timbre que daba por terminada la clase relinchó como un caballo. Esperó a que todos salieran del salón de clases y de una de las gavetas de su escritorio sacó la botella de whisky y un vaso y se sirvió un buen trago. Caminó con rumbo a su vehículo que era negro como un control remoto y se fue manejando hacia el sol. No porque fuera nada poético sino porque de casualidad su casa quedaba en la misma dirección desde donde se proyectaba el sol.

Maldito Bar

  

   Era una tarde aburrida, tal vez era martes o miércoles. De todos modos qué diferencia hay cuando uno es el bartender de la única cantina del pueblo. Estaba tomando una cerveza y ya la discografía de tigres del norte estaba sonando por tercera vez en el día. Odio a los de tigres del norte, los odio de pies a cabeza. También a Pablo Aguilar, a Antonio Aguilar, a todos los Temerarios y al Buki. No necesariamente en ese orden. Sólo digamos que a todos por igual. Si quieren saber un hecho curioso, puedo cantar sus canciones de derecha a izquierda. Era la única mierda que quería escuchar el potencial demográfico que frecuentaba el establecimiento.

   Esta cantina de mala muerte se ubicaba en un pueblo pequeño pequeño, unos 150 habitantes. En el centro del pueblo, además de la cantina, solo habían una pulpería y una escuela. No había iglesia, supongo que la gente en ese lugar no era tan devota, aunque de seguro no eran ateos ni agnósticos. Probablemente ni siquiera sabían el significado de la palabra agnóstico.

   Tampoco había policía, la más cercana quedaba en el siguiente pueblo a unos 27 km. El problema con esto era que debía tener un ojo fino para anticipar algún bochinche, porque la policía tardaba al menos veinticinco minutos en llegar. De lo contrario tenía que encargarme de los problemas yo y para esto solo contaba con una verga de toro. Dicen que las vergas de toro literalmente son echas de los genitales de un toro, pero eso no me consta. Lo único que me consta es que pueden ocasionar cicatrices en la espalda de un borracho pleitero.

   En retrospectiva, no se porque estaba ahí, podía haber estado en cualquier otro lado, haciendo cualquier otra cosa. Supongo que fue una de esas cosas de la vida que pasan porque sí. De todas maneras si no hubiera sido eso habría sido cualquier otro escenario igual de desalentador como vendedor de tienda, agente de call center o monaguillo ultrajado sexualmente —que en base a evidencia acumulada a travez de varios años se podría decir nada más monaguillo para no sonar redundante—.

    Don Marcos entró al bar con su 1,80m, su camisa de cuadros y su sombrero. —Manuel, sírvame una imperial por favor —me dijo—. Sacó un cigarrillo y lo encendió. Le puse en la barra la botella de cerveza y un cenicero. Le pregunté si quería hielo.

—¿Esta bien fría? Si está bien fría no es necesario —me dijo—.

La cerveza estaba bien fría. Don Marcos chupó el primer trago de la botella y dijo —Manuel, creo que sí voy a necesitar un vaso con hielo, no esta lo suficientemente fría.

Un problema que había que don Marcos era que siempre pedía un vaso con hielo aunque la cerveza estuviera bien fría.

—Manuel, ponga el 7 para ver el partido. El otro problema con Don Marcos era que siempre me andaba diciendo que canal poner.

En la esquina de la barra estaba “mano en boca”. Mano en boca era un paisa de pequeña estatura al que le faltaban los dientes del frente y él —al parecer— estaba muy consiente de esto, así que siempre costaba un poco entenderle lo que decía, porque de una manera según él disimulada, se tapaba la boca con la mano cuando hablaba.

Era fácil llevar las cuentas anotando como identificador alguna característica particular, como por ejemplo: camiseta roja, sombrero negro, cola de caballo… Pero después, para hacerlo un poco más entretenido empecé a utilizar indicadores más controversiales que podían incluir defectos físicos. El punto es que así fue como mano en boca paso a llamarse así. Lo mismo pasó con “weird-finger” y “jupa de rodilla”.

—Manuel —dijo mano en boca—, ponete “El Buki”. Resignado me dirigí hacia el equipo de sonido a conceder la solicitud.

—No Manuel, ya el buki me tiene hasta la mierda, mejor ponga los tigres del norte —dijo el loco Ugalde—. Supongo que le decían así porque ese era su apellido.

   Tomé un cigarrillo, lo apreté entre mis labios y lo encendí como si de eso dependiera mi vida. En ese momento pensé en encenderme el cuerpo entero, o mejor aún; quemar el bar con todos estos personajes dentro y liberar sus almas infelices de sus miserables vidas sin sentido.

Advertí al loco Ugalde intercambiando miradas amenazadoras con un cortador de caña que estaba al otro lado de la barra. El cortador de caña dejó salir un grito al estilo ranchero. El loco Ugalde hizo lo suyo también con un grito ranchero en represalia. Este era el preámbulo habitual que precedía un intercambio de puñetazos.

Mano en boca me pidió la cuenta y resultó estar en desacuerdo con lo que le estaba cobrando.

—Tráigame el papel donde tiene anotada mi cuenta para revisar esa verga —me dijo con la mano metida en la boca—.

Sin pensarlo, tomé la comanda y se la mostré para debatir el asunto del total de la cuenta. Lo primero que notó mano en boca en las anotaciones fue su apodo. Me miró directo a los ojos y mostrando los espacios despoblados de sus encías me dijo —Salite de la barra hijo de la gran puta, voy a pegarte una turqueada jodido para enseñarte a respetar.

Don Marcos se levantó y se fue hacia la salida sin que la ceniza de su cigarro se desmoronara.

El loco Ugalde y el cortador de caña se volvieron a retar con la mirada. Tomé mi teléfono y marqué el número de la policía.

—Guardia rural, como le puedo ayudar?

—Los llamo del bar “El barco del amor” necesito una patrulla aquí lo antes posible.

—Ya estoy despachando la unidad, espere…

—Si si yo sé, veinticinco minutos.

Tomé la verga de toro y me salí de la barra. Los tigres del norte estaban cantando un buen corrido para la ocasión.

UNA HISTORIA ABSURDA

Carlos tenía en su bolsillo sólo un poco más de dos mi colones hasta el siguiente día de pago y tenía una importante decisión que tomar; comprar huevos o un vino.

Cuando llegó a la casa con el vino se sirvió un vaso lleno. “A la salud de la escasez, de la necesidad, de la soledad” —dijo burlándose de si mismo mientras sostenía la copa en alto y luego se la llevaba a la boca y sentía como el vino hacía el recorrido hasta su estomago.

Abrió la refri, la inspeccionó con la mirada por unos cuantos segundos y la cerró. Se tomó otro trago de vino.

Algunas veces encontrarse solo tiene sentido, pensó.

Encendió el televisor y los comentaristas deportivos estaban debatiendo acerca de estadísticas  extravagantes: “Este el jugador con más tiros de esquina en partidos de visita que se hayan jugado un miércoles por la noche”.
Se preguntó como podían hablar tantas horas y con tanto entusiasmo de estadísticas inútiles. Apagó el televisor y llenó el vaso de nuevo.

Tomó el periódico y leyó un titular que decía: “Hombre muere tras ser aplastado por un árbol”. Se le acabó el baile a este tipo —pensó—, tal vez tenía un perro, tal vez tenía un préstamo con el banco y planes para el fin de semana.
El problema es nuestra arrogancia, creemos que el mundo fue hecho para nosotros. Hasta que nos cae un árbol encima y se acaba la ilusión.
Cuando ya estamos muertos dejamos de pensar, no podemos darnos cuenta si todo lo que creíamos era verdad.
La personas no entienden que el futuro es igual que el ahora solo que un poco más adelante y por eso dicen que van a hacer cosas con anticipación.

Su gato pasó rosándole los pies, levantando la cola y enseñado el ano.

Carlos se fue al baño a rasurarse la barba de dos semanas mientras pensaba: Incluso esas personas, que van a bares clasistas donde hay que ir vestido con traje sólo para exhibirse ante los demás y alimentar el ego mientras se obtiene esa felicidad desechable que proporciona la apariencia y la cerveza sobrevaluada, cagan —sacudió la prestobarba en el lavabamanos y tomó una toalla para secarse la cara—. Que demonios, si todos tenemos culo. El director de Titanic tiene culo, Kate Winslet tiene culo, Leonardo Di Caprio tiene culo. Celine Dion tiene culo. Durante la filmación de la película imagino que entre tantos culos tuvieron que parar varias veces para que alguien cagara. Es más cierto que divertido.

Carlos se sirvió el último vaso de vino y recordó cuando era pequeño y su mamá le enseñó que tenía que rezar antes de dormir.

Lo siento dios, —pensó— he leído Richard Dawkins y Frederich Nietzsche. En sus obras encontré  una realidad más plausible, más elegante que unas huellas en la arena. Por favor dios, ¿Acaso crees que soy un idiota? ¿Por qué cuando había un solo par de huellas no eran más profundas si llevabas mi peso en tus brazos? Además ¿qué hacía dios en una playa con todo este caos de todos modos?

Carlos dejó su cuerpo tambaleante y su cara pálida caer en la cama y se rajó un pedo. El gato trajo a la cama un grillo muerto.

Él se imagino un titular que decía: “Pseudo escritor muere tras ingerir licor y ahogarse con su propio vómito mientras dormía”. Entonces tomó una almohada y se la puso detrás de la espalda.

Viejo conocido

    Ninguna historia debería empezar con un hombre solo en una habitación a menos de que este se vaya convertir en un insecto gigante. Pero esta empezó así el día en que antes de salir hacia el trabajo Oscar tomó el bong con una mano y el encendedor con la otra. Haló profundo hasta llenar sus pulmones con humo, aguantó la respiración y luego de varios segundos exhaló. Tomó Preguntale al Polvo de John Fante y se fue a esperar el bus.

    Cuando iba llegado a la parada advirtió al otro lado de la calle a Michael Nuñez, un ex compañero del colegio que tenía al menos 5 años de no ver.

    En un impulso inconsciente pensó en devolverse y esperar al siguiente bus pero llegaría tarde al trabajo.

    “Tendré que entablar una conversación incómoda de la que no quiero ser parte” —pensó. “Me acabo de levantar y aún no tomo café. No tenía planeado tener que participar en parloteos fútiles.”

    Mientras Oscar cruzaba la calle, Michael, quien se veía prácticamente igual que hace cuatro años, se veía algo confuso, parecía estar descifrando una cara familiar. Los años habían hecho a Oscar un poco difícil de reconocer a primera mano.

    —Michael, Michael Nuñez ¿verdad? —dijo Oscar, para confirmarle a Michael que sí se trataba de alguien conocido.

    —Así es, usted es Oscar, del colegio ¿cierto? —dijo extendiéndole la mano para saludarlo—.

  Hubo un silencio incomodo por unos segundos.

    —¿Y dónde trabaja? —preguntó Oscar suponiendo que debía seguir con las convenciones de conversación trivial.

    Michael respondió pero Oscar no estaba escuchando, estaba distraído viendo el bus que se aproximaba.

    Oscar pensó que su mejor oportunidad de salirse de la conversación con naturalidad era si los asientos disponibles estaban separados. Oscar solo quería leer su libro y no tener que perder el tiempo respondiendo y preguntando y tratando de parecer interesado en la conversación.

    Subieron al bus, Oscar le pagó al chofer con un billete de 5 mil colones y el chofer le hizo una cara como si en ese mismo instante se hubiese enterado de que Oscar había pasado una noche apasionada con su madre.

    Avanzaron hacia el fondo por el pasillo del bus, entre la gente que iba hacia el trabajo y que desde la mañana ya iban con sus caras de cansancio, hartos de su rutina, del mismo bus, de los mismos pasajeros, del mismo camino.

    Quedaban solo dos asientos disponibles. Oscar tomó el asiento de la ventana y Michael el del pasillo.

    —Que montón de tiempo ha pasado ¿verdad? —dijo Michael.

    —Sí, muchísimo. Oscar pensó en abrir el libro y leer, así tal vez Michael interpretaría que no había necesidad de continuar con la conversación. Se dispuso a abrir el libro…

    —¿Y que ha hecho a parte del trabajo?

    —Estoy escribiendo un libro —respondió Oscar—. Trata acerca desafiar las preconcepciones de la sociedad. Mi objetivo es que las personas se cuestionen porque hacen lo que hacen; por qué creen lo que creen. La mayoría de lo que creemos saber es solo información impuesta arbitrariamente en nuestro inconsciente.

    —Ese tipo de imposiciones de las que hablas, aseguran que podamos tener una sociedad funcional, trabajos, organizaciones, educación —dijo Michael mientras cruzaba los brazos y proyectaba una mirada que hacía pensar que estaba muy convencido de la solidez de su argumento—.

    —Esta bien, pero mi punto es que lo averigüe cada individuo por su cuenta —dijo Oscar—. Un ejemplo es que nosotros fuimos criados como católicos porque esa era la religión de nuestros padres, quienes fueron criados por sus padres católicos. Desde niños fuimos indoctrinados. Nunca tuvimos la oportunidad de elegir. Si hubiésemos nacido en el medio oriente probablemente creeríamos en Allah o si hubiésemos nacido en el Europa nórdico en el tiempo de los vikingos hubiésemos creído en Thor o en Zeus.

    —Su libro va a ser impopular —dijo Michael mientras tiraba del timbre—. Esta es mi parada.
    —Impopular no me parece mal —reflexionó Oscar—.

    El chofer paró el bus y abrió la puerta trasera para que Michael bajara.
Oscar tomó el libro, buscó la página en la que estaba el marcador y continuó por donde había quedado la última vez:

“Yo tenía 20 años en ese entonces. Que demonios, solía decir, tomate tu tiempo,       Bandini. Tienes 10 años para escribir un libro, así que relájate, ve y aprende de la vida, camina las calles. Ese es tu problema: tu ignorancia de la vida.”

    Llegó a la parada final del primer bus, Oscar bajó y caminó hasta el final del bulevar de la avenida central, bajó unas cuantas cuadras más hasta llegar a la parada del bus que lo llevaría al trabajo.

    Cuando el bus paró por tercera vez para subir más pasajeros, Oscar sintió un palmeteo en el hombro y una voz que sonaba familiar le dijo: —Que tal Oscar, hace un par de años no nos vemos. ¿Qué hay nuevo?

La chica del bar

Estábamos en el barra tomando unas cervezas, cuando una mujer con ojos verdes, tes blanca y de pelo rubio llegó donde estábamos.  Era la primera vez que la veía en ese bar, lo cual era un poco difícil porque era el bar más frecuentado del lugar y siempre se veían las mismas caras lo cual era la razón por la que muchos iban y también por la muchos no iban.

—Hola —dijo, mientras dejaba ver media sonrisa—, ¿ves aquella mesa de allá?
Volteé a ver y en la mesa que me señalaba estaban dos hombres y una mujer.
—Mi amiga quería saber si le podías mandar tu número de teléfono, ella es un poco tímida y me pidió que viniera. Tomé su celular y apunté mi número de teléfono. Ella regresó a su mesa.

Nos quedamos un rato más en el bar, luego nos fuimos para el casino por unos hot dogs y más cerveza. Cada quién se sentó en una máquina traga monedas. Yo tiraba de la palanca y veía las cerezas, las naranjas y las uvas aparecer y desaparecer una tras otra. Era una máquina que parecía estar programada para nunca premiar.

Jugando cerca de mí estaba lo que parecía ser un árabe, estaba un poco borracho y hablaba solo mientras tiraba de la palanca de su máquina.
Diego, uno de los amigos que me acompañaba, iba de una máquina a otra, buscando una que lo premiara al primer intento. Carlos sólo estaba ahí por los hot dogs gratis.
El árabe se ausentó de su maquina por varios minutos y Diego se sentó a jugar en ella.

Yo seguí jugando, halando la palanca, apenas percibiendo la mancha que dejaban las frutas cuando bajaban con velocidad. Escuché unos gritos en un inglés mal pronunciado: —This is my machine! My money! You playing my machine!
El árabe había regresado y encontró a Diego jugando en su máquina. Antes de que Diego pudiera decir algo el árabe continuó —This my machine! My money, You playing my machine! Mientras alternaba su dedo índice en dirección de la máquina y de la cara de Diego.

El encargado del casino se apresuró a la escena y preguntó que pasaba. Diego dijo —Este señor cree que yo estoy jugando con dinero que él había dejado en esta máquina.
Mientras tanto el árabe seguía repitiendo los mismos argumentos —This, my machine! My money!

Yo estaba casi seguro de que la culpa era de Diego, así solía ser siempre. Cuando Diego tenía una discusión con alguien por lo general él era el culpable.
Carlos intercedió tratando de tranquilizar al árabe con un inglés igual o peor. —Look man, the money don’t matter.
—Él se fue de la máquina —dijo Diego—, yo no estaba jugando con su plata. No sabía que él iba a regresar.
El árabe una vez más alegó: —This is my money, my machine.
Diego trató de resolver el problema sacando un billete de 5mil colones y con un gesto se lo ofreció al árabe que lo tomó, lo rompió a la mitad y lo tiró al suelo.
—Este es un tipo malcriado —dijo el administrador del casino—, no le demos más importancia al asunto. Y le pidió a Diego que lo acompañara para reponerle el billete.

El celular vibró en mi bolsillo, era un mensaje que decía: “Hola, yo soy la que te pidió el número en el bar para mi amiga. Tengo algo que confesar, el número no era para ella, era para mí. Espero que no te moleste.”
Yo le respondí que no me molestaba, que me parecía bien.
Ella respondió con otro mensaje que decía: “¿Querés venir a mi casa? Vivo sola”.

Les dije a Carlos y a Diego que tenía un asunto que atender y me fui a buscar un taxi.
Era al rededor de la una de la mañana. La dirección que ella me dio resultó ser en un barrio de mala fama y ahí estaba yo, afuera de su casa esperando a que me abriera la puerta antes de que me asaltaran.
La puerta se abrió, le planté un beso. Entramos a su apartamento que tenía la cantidad exacta de desorden para no parecer descuidado pero lo suficiente como delatar un poco su personalidad.        Era un apartamento pequeño que estaba plagado con su olor.
Sin ningún tipo de preámbulo nos metimos debajo de las sábanas. Al quitarle la ropa descubrí unas tetas enormes. Ella tenía una contextura algo grande para mí. Nos cogimos con fuerza, fue un buen polvo.

Cuando terminamos me preguntó si se ponía el calzón. Yo le respondí que sí. Luego no dijimos ni una palabra, solo disfrutamos del silencio en compañía.
Tomé mi teléfono y  llamé un taxi.

—Lléveme a la tercera calle del Prado —le dije al taxista—.
—Eso queda a un tan solo unos 3 kilómetros de aquí —me respondió mientras quitaba el pie del embrague y pisaba el acelerador.
  —Lo siento, pero no cuento con muchas opciones a esta hora. Es peligroso —respondí.
—No tiene idea de lo molesto que es hacer fila 40 minutos esperando una carrera para que salga una tan corta.
Ya le dije que lo siento, no tengo manera de saber cuánto tiempo tiene de esperar el taxi que me van a mandar —le respondí—.

De camino pensé en lo que acababa de pasar. Había sido una locura, su olor, su cuerpo, su inhibición y la seguridad con la que hizo que todo que pasara. Tenía carácter esa mujer. Desearía poder actuar con tanta seguridad.

—Hasta aquí llega el viaje muchachón —dijo el taxista mientras sostenía apuntando en dirección a mi cara un arma calibre 38—. Deje su celular y su billetera en el asiento y se baja del taxi o voy a tener que gastar una bala en su cara cabrón.

Desde esa noche no pude volver a saber de la misteriosa mujer de los ojos verdes. Lamenté más haber perdido su número que mi billetera y mi celular.
Me gustaría pensar que al día siguiente me escribió, que me quería volver a ver igual que yo la quería volver a ver a ella. Seguro piensa que no le respondí los mensajes porque la olvidé en el instante que crucé el marco de la puerta, pero la verdad es que han pasado 4 años y siempre recuerdo esa noche que a veces se siente como si no hubiese sido real.
Nunca me dijo su nombre; No recuerdo si le dije el mío.